Cualquier tiempo pasado – 80/2025
Me miro en el espejo de otro año a punto de acabarse.
Al otro lado, el miedo.
Quizá la soledad agazapada
afilando con saña sus cuchillas.
O apretando los nudos de su soga en torno a lo añorado.
Quizá un largo silencio sostenido.
Quizá…
Y, sin embargo,
entre la densa bruma de los años que van anocheciéndome,
las luces de prolíficos recuerdos
caldean el declive de este día de un año que se muere.
Y van amortiguandose los ecos
en tanteos de luz con nombre propio.
Con tantos nombres propios haciéndome compaña…
¿No es acaso un prodigio?
Creía estar muy sola una vez más.
Y no lo estaba.
Ahí
detrás del deslucido y viejo azogue,
doliente por el tránsito del tiempo,
resiste la ternura de todo lo vivido:
la prodigalidad
de mi fértil pasado hecho presente.
La ternura
de nombres que me amaron.
Y que amé.
De quienes me olvidé sin olvidarlos.
De quienes me olvidaron y ahí siguen
guiñándome los ojos del tiempo con ternura.
De los que me amarán
y yo aún amaré a pesar de todo.
Tanta fecundidad en un instante de luces y de sombras…
¿Sola?
¿Solos?
No.
Nunca.
Creedme:
Jamás estamos solos
si un nombre,
una caricia,
un aparente olvido que nunca se consuma
o un atávico atisbo de algo nuevo,
improbable, incógnito y de paso,
se rebulle,
se alborota con gozo
en la inmensa escasez de la memoria…
¡O aquel beso!
Si aquel inolvidable y fugaz beso apenas incorpóreo,
apenas intentado,
apenas extinguido
mantiene su vigor inalterable
detrás de las arrugas del espejo.
En CasaYaiyán. En un 31 de Diciembre de 2025
