(Cuentos chicos para mayores con
reparos)
EnmímiSMada − 198/2026
Dicen que, hasta más o menos los
siete años, hablamos con ElAmigoImaginario; ese que siempre está
dispuesto a escuchar sin mohines ni desaires, y que nunca traiciona. Desde más
o menos los setenta años, y hasta que damos de mano en lo de vivir, a falta de
con quién hacerlo, echamos mano y hablamos con nuestro bagaje; ese que previamente,
y a fuerza de echar el bofe, fuimos amontonando en el cerebro, sin orden ni
concierto por falta de tiempo para catalogarlo sin ponerle etiquetas mientras estábamos
pillados en el ansia de inquirir con quién hablar.
Hay una edad precaria, aunque
temporeramente activa, en la que, entre medrar en lo profesional a brazo
partido con nuestros “colegas” y desgajar como Dios nos da a entender nuestra más
o menos transitoria MediaNaranja, nos embrollamos, y le ponemos diques a
nuestra labia, guardando más silencios de lo que fuera menester, acosados por
el afán de que no nos etiqueten. Es la frontera imprecisa, la zona etaria equidistante
y tórrida que poco a poco va diluyendo la vida en la muerte.
Él murió en la precariedad propia de sus
42 años. Era el final de los años cincuenta del siglo que me vio nacer. Yo por
entonces apenas tenía con quién hablar. A los escasos 13 años, en aquellos
años, casi nadie nos echaba cuentas a la chiquillería. Por eso, a falta de
cháchara, me acostumbré a escuchar en silencio lo que se decía, a leer
cualquier papel escrito y a pensar a solas sobre lo que escuchaba o leía.
De entonces guardo la voz de mi padre
tallada en el rincón de los recuerdos en conserva, esos que, como los
pepinillos en vinagre, tienen un punto de acidez que nos obliga a ensalivar
mientras les potencia a los encurtidos su sabor a inmortalidad.
Una voz la de mi padre que
siempre porfiaba como una cansina letanía: “qué−pena−llegar−a−viejo”.
Casi siempre que lo decía, lo hacía en
pie. O, mejor dicho: a pie firme con sus cerca de dos metros sobre sus más que
rebasados cien kilos, resollando ya dentro del zaguán de nuestra casa mientras
cerraba a su espalda la puerta de la calle. Enseguida, de dos zancadas,
alcanzaba la sala de estar, y palmeaba sus piernas gruñéndoles en plan machista:
“si es que vosotras ya no servís para nada”. Luego, tras rescatarla de la
hornacina del fondo, desplegaba su hamaca junto al ventanal, se dejaba caer en
la lona como un peso muerto, lanzaba un suspiro de satisfacción, tomaba un
libro con un mimo que ya hubiera querido yo para mí, lo abría con un tiento que
más parecía una caricia, y se enfrascaba en larguísimas horas de lectura que iban
distendiéndole los músculos de la cara hasta igualarla con los rasgos de su propio
nombre: Ángel.
A un lado de aquella hamaca, tan
sufridora como rústica, dormitaba el musiquero, con su estructura giratoria dispuesta
a facilitarle a su amo el acceso a los libros allí apilados sin mayor esfuerzo.
Al otro lado, los zapatos de mi padre, semejantes a las botas de las siete
leguas del cuento de Calleja, exhalaban a pleno pulmón estragos y fatigas en
reposo.
Hoy, casi setenta años después, soy
yo quien me despierto estragada y destruida a causa de unos malditos zapatos de
tacón, que en mis pies apenas alcanzan ya la mínima velocidad de crucero, y que
tuve que aguantar ayer durante todo el día para no desdecir de la utilería y del
atalaje propios de ese bodorrio en el que desembarqué a media mañana, con la
cara más o menos fresquita como una rosa de floristería, y terminé desbaratada como
los pasos de SemanaSanta malagueños al final del recorrido.
Antes de seguir disertando sobre las misericordias
y condenaciones de la vejez, tengo que hacer un doble paréntesis aclaratorio en
el relato de lo de ayer. PROCLAMO: ni las oscilaciones y bamboleos corpóreos
que pudieran percibir en mi andamiaje algunos asistentes al casorio estaban
motivados por una pítima coyuntural, sino por los años que hacía que no intentaba
mantenerme en equilibrio sobre tacones, ni deben barruntarse que ando escatimando
suelas en plan roñoso quienes me vieran, con mis zapatos de tacón en la mano, caminar
descalza hasta mi casa, desde la Plaza de Santa María, donde nos descargó
Julio, ese cura sin faldones que nos acarreó hasta / desde la boda, y que guarda
su coche en el aparcamiento del obispado a la espera de que le den plaza a su
cuerpo en un cielo más que merecido en vida por este SantoPaisano mío.
Por fin las aclaraciones anteriores me
introducen de lleno en uno de los irrebatibles beneficios de la vejez: a estas
alturas de la vida, sin nadie hurgándome con su aliento censor en el cogote ni
perrito que me ladre, una servidora puede bambolearse a su antojo, o andar
descalza por mitad de la calle, sin necesidad de dar explicaciones a quien ya no
tengo, a cerca de presuntas chispas alcohólicas o notorios descalzares públicos.
Esa es una de las mayores ventajas: no tener que justificarse, porque ya hay muy
poco o nada que perder en el escalaje laboral o social, y nada que temer,
provista como estoy de lo único que todos debiéramos alcanzar en estos años: un
estalaje propio. Por no tener necesidad para andarme con miramientos, ni
siquiera tengo que desasosegarme porque alguna trasnochada desnudez podal me
reduzca el ranquin de un ya más que improbable aspirantazgo a mi mano y/o a mi
catre.
Cierto que estoy más encamada que
nunca; pero fuera de juego.
Aquí, en decúbito supino, −única
posición racional para mis años y circunstancias−, de repente, me entra una
especie de jolgorio interno, un júbilo enervante de los de tener que ducharme con
agua de carabaña para bajarme los humos. Resulta que, como en todo lo fatídico,
encuentro un fasto glorioso.
Ahora sé para qué vale el cansancio que trae de matute
la vejez
Voy a ver si doy con la explicación
perfecta para semejante aserto.
Gracias a los años cumplidos, y al
cansancio acumulado mientras recolectaba lecturas, enseñanzas y años, ya no me
quedan alientos para ansiar salir a rebuscar nuevas sabidurías. Por fin −y a la
fuerza− tengo tiempo para escribir a pierna suelta sobre lo aprendido y ganas
de desempaquetar sobre un papel en blanco todo lo envuelto. Lo que no se me
calma es este remusguillo por seguir leyendo, aprendiendo y trabajándome aunque
sea en el paro o en vía muerta. Así que voy a ver si, a falta de alientos, y a
fuerza de espigar en el batiburrillo de mi cerebro, aprendo de mí misma.
Impedimenta y ganas no me faltan.
¡Qué útil, créanme, buenas
gentes, qué útil es llegar a vieja!
Las piernas, como las de mi padre, ya
no responden; es cierto. Los pies, mientras reniegan de bodas con zapatos de
tacón, van por libres. Ni descalzos me dan los pinreles para salir a la calle a
correr en plan buhonero, en busca de nuevas truhanerías que contar. Andar, ya,
poco. Pero lo de sentarme arriba, en el desván del pensamiento, a revolver en
lo guardado a buen recaudo y a tiempo, eso no hay quien me lo quite.
Quién nos lo quite.
Porque yo, aunque descalza y tumbaita,
seguiré leyendo, escribiendo y pensando mientras haya alguien dispuesto a
escribirme, leerme o recordarme. Aunque sea en plan peripatético, bamboleante y
descalza.
En YAyYÁN. En un 18 de
Octubre de 2026