VA DE...Batiburrillo literario

lunes, 26 de octubre de 2026

EL GRITO - Opúsculo de trenes 1

 

Desde aquí, y hasta que llegue el día, apremio a todas las voces, sean del color, de la creencia y de la obediencia que sea, a unirse el día 7 de noviembre al clamor de un paisanaje crecido en unas tierras de JAÉN, de tan inequívoca raigambre rural como la nuestra. Paisanaje desamparado, cuyas tierras están siendo arruinadas y desmanteladas a golpe de aislamiento: Escuchad: ¡devolvednos nuestros trenes para que puedan regresar los que se fueron!

(Voces ferroviarias para un 7 de noviembre)

OPÚSCULO DE TRENES − SocNetos – 73/2026

Este viaje va llegando a su fin. Lo que más me incomoda es tener que bajarme en marcha del viaje de la vida sin trenes que remplacen a los saqueados con nocturnidad. Pienso que, una vez ausente, no me quedará otra que venir, aparecerme a los cuatreros y pedirles cuentas de semejante depredación.

     EL GRITO

Un grito ferroviario se levanta,

desgarra las distancias, se acrecienta,

circula por la Mancha polvorienta

hasta la capital de la taranta.

 

Cenicientas de cuento. Sacrosanta

tierra que, aunque resiste, se impacienta

frente a esa tiranía necia, opulenta,

del centrismo que oprime su garganta.

 

Antes de que se agoten vuestros días

prepotentes, incultos y arrogantes,

oíd la voz de la ciudadanía.

 

Voces nobles. Impávidas porfías.

Gentes de a pie que, en fin, perseverantes,

trasplantarán de trenes nuestras vías.

 

Y no es adivinanza.

Es profecía.

Día 1 en YAyYÁN. Clamor por nuestras descarriladas comunicaciones


 

domingo, 25 de octubre de 2026

COSAS DE CASAS

 

(Ideícas de DoñaTuruta TenteTiesa)

EnmimiSMamientos – 199/2026

Sabido es que no hay nada como una turuta[1] para dar la nota.

La muy terca DoñaTuruta TenteTiesa, también.

 

Aquel DonMonarca miraba desde las almenas de su fortín cómo iba engrosando la fila de LosProjimos, prófugos del reino, en busca de algún otro reino mejor para encontrar donde alojarse. Todas las viviendas disponibles de su feudo se las habían ido apropiando LosPróceres con destrezas y pericias bien calculadas por ellos, y no solo consentidas sino, incluso, participadas por LosMonitores.

Tomó DonMonarca papel y lápiz, echó las cuentas, y concluyó que en poco tiempo su reino se quedaría sin Prójimos por falta de viviendas donde alojarlos, lo que suponía que el reino entero se quedaría sin muchedumbre que limpiara y puliera su palacio, o que retirara de las calles las basuras que dejaban tras de sí algunos animales callejeros. Más pronto que tarde no habría panaderos, ni verduleros, ni pescadores ni pastores que proveyeran sus despensas. Tampoco podría contarse con LosPróceres para las faenas diarias, porque ya habrían olvidado cualquier oficio que no fuera el de jugar a las casitas. Y lo que resultaba definitivo y catastrófico: se quedaría sin sus principales proveedores de arbitrios.

Entonces, despavorido, alzó la voz, asegurándose de ser oído por LosPrójimos, y prometió:

“Si os quedáis a nuestro servicio, yo mandaré construir viviendas para todos”.

No había acabado de lanzar su promesa cuando LosPróceres, dueños de todas las viviendas del reino, gritaron al unísono:

−DonMonarca: si haces eso arruinarás nuestro negocio, porque no habrá nadie que demande nuestras casas.

También LosPrójimos gritaron desde lejos:

−DonMonarca: quisiéramos creerte, pero, suponiendo que encontraras alarifes, ya no hay tiempo. Mientras se amasan y se cuecen los ladrillos y las tejas, se cavan los cimientos, se acarrea el mallazo para que fragüe el hormigón, se tabica y, en definitiva, se cubren aguas, ya nos habremos muerto todos a la intemperie. Eso por no contar con los trámites de adjudicaciones…

El DonMonarca suspiró desolado.

Habló −¡cómo no!− entonces DoñaTuruta, la TenteTiesa, para dar la nota como otras veces:

−Oiga usted, DonMonarca: ¿Y si, en lugar de hacer más casas, aprovechamos las que ya están hechas?

−Pero las que ya están hechas las compraron LosPróceres a granel… −se compungió el DonMonarca.

−Pues, se le recompran también a granel y por las bravas con los dineros dispuestos para hacer nuevas casas, por el mismo precio que ellos pagaron, más el IPC, y todos contentos.

−¿Y eso…?

−JustiPrecio se le dice a eso.

−¡Cucha ésta…!

−¿Qué? ¿Ve, DonMajestad, cómo, si se quiere, se pueden hacer bien las cosas sin hacer daño ni tenérselas tiesas con nadie, ¿Eh, eh…?

 

En YAyYÁN. En un 25 de Octubre de 2026

miércoles, 21 de octubre de 2026

QUÉ GOZO LLEEGAR A VIEJA... VIVA

 (Cuentos chicos para mayores con reparos)

EnmímiSMada − 198/2026

Dicen que, hasta más o menos los siete años, hablamos con ElAmigoImaginario; ese que siempre está dispuesto a escuchar sin mohines ni desaires, y que nunca traiciona. Desde más o menos los setenta años, y hasta que damos de mano en lo de vivir, a falta de con quién hacerlo, echamos mano y hablamos con nuestro bagaje; ese que previamente, y a fuerza de echar el bofe, fuimos amontonando en el cerebro, sin orden ni concierto por falta de tiempo para catalogarlo sin ponerle etiquetas mientras estábamos pillados en el ansia de inquirir con quién hablar.

Hay una edad precaria, aunque temporeramente activa, en la que, entre medrar en lo profesional a brazo partido con nuestros “colegas” y desgajar como Dios nos da a entender nuestra más o menos transitoria MediaNaranja, nos embrollamos, y le ponemos diques a nuestra labia, guardando más silencios de lo que fuera menester, acosados por el afán de que no nos etiqueten. Es la frontera imprecisa, la zona etaria equidistante y tórrida que poco a poco va diluyendo la vida en la muerte.

Él murió en la precariedad propia de sus 42 años. Era el final de los años cincuenta del siglo que me vio nacer. Yo por entonces apenas tenía con quién hablar. A los escasos 13 años, en aquellos años, casi nadie nos echaba cuentas a la chiquillería. Por eso, a falta de cháchara, me acostumbré a escuchar en silencio lo que se decía, a leer cualquier papel escrito y a pensar a solas sobre lo que escuchaba o leía.

De entonces guardo la voz de mi padre tallada en el rincón de los recuerdos en conserva, esos que, como los pepinillos en vinagre, tienen un punto de acidez que nos obliga a ensalivar mientras les potencia a los encurtidos su sabor a inmortalidad.

Una voz la de mi padre que siempre porfiaba como una cansina letanía: “qué−pena−llegar−a−viejo”.

Casi siempre que lo decía, lo hacía en pie. O, mejor dicho: a pie firme con sus cerca de dos metros sobre sus más que rebasados cien kilos, resollando ya dentro del zaguán de nuestra casa mientras cerraba a su espalda la puerta de la calle. Enseguida, de dos zancadas, alcanzaba la sala de estar, y palmeaba sus piernas gruñéndoles en plan machista: “si es que vosotras ya no servís para nada”. Luego, tras rescatarla de la hornacina del fondo, desplegaba su hamaca junto al ventanal, se dejaba caer en la lona como un peso muerto, lanzaba un suspiro de satisfacción, tomaba un libro con un mimo que ya hubiera querido yo para mí, lo abría con un tiento que más parecía una caricia, y se enfrascaba en larguísimas horas de lectura que iban distendiéndole los músculos de la cara hasta igualarla con los rasgos de su propio nombre: Ángel.

A un lado de aquella hamaca, tan sufridora como rústica, dormitaba el musiquero, con su estructura giratoria dispuesta a facilitarle a su amo el acceso a los libros allí apilados sin mayor esfuerzo. Al otro lado, los zapatos de mi padre, semejantes a las botas de las siete leguas del cuento de Calleja, exhalaban a pleno pulmón estragos y fatigas en reposo.

Hoy, casi setenta años después, soy yo quien me despierto estragada y destruida a causa de unos malditos zapatos de tacón, que en mis pies apenas alcanzan ya la mínima velocidad de crucero, y que tuve que aguantar ayer durante todo el día para no desdecir de la utilería y del atalaje propios de ese bodorrio en el que desembarqué a media mañana, con la cara más o menos fresquita como una rosa de floristería, y terminé desbaratada como los pasos de SemanaSanta malagueños al final del recorrido.

Antes de seguir disertando sobre las misericordias y condenaciones de la vejez, tengo que hacer un doble paréntesis aclaratorio en el relato de lo de ayer. PROCLAMO: ni las oscilaciones y bamboleos corpóreos que pudieran percibir en mi andamiaje algunos asistentes al casorio estaban motivados por una pítima coyuntural, sino por los años que hacía que no intentaba mantenerme en equilibrio sobre tacones, ni deben barruntarse que ando escatimando suelas en plan roñoso quienes me vieran, con mis zapatos de tacón en la mano, caminar descalza hasta mi casa, desde la Plaza de Santa María, donde nos descargó Julio, ese cura sin faldones que nos acarreó hasta / desde la boda, y que guarda su coche en el aparcamiento del obispado a la espera de que le den plaza a su cuerpo en un cielo más que merecido en vida por este SantoPaisano mío.

Por fin las aclaraciones anteriores me introducen de lleno en uno de los irrebatibles beneficios de la vejez: a estas alturas de la vida, sin nadie hurgándome con su aliento censor en el cogote ni perrito que me ladre, una servidora puede bambolearse a su antojo, o andar descalza por mitad de la calle, sin necesidad de dar explicaciones a quien ya no tengo, a cerca de presuntas chispas alcohólicas o notorios descalzares públicos. Esa es una de las mayores ventajas: no tener que justificarse, porque ya hay muy poco o nada que perder en el escalaje laboral o social, y nada que temer, provista como estoy de lo único que todos debiéramos alcanzar en estos años: un estalaje propio. Por no tener necesidad para andarme con miramientos, ni siquiera tengo que desasosegarme porque alguna trasnochada desnudez podal me reduzca el ranquin de un ya más que improbable aspirantazgo a mi mano y/o a mi catre.

Cierto que estoy más encamada que nunca; pero fuera de juego.

Aquí, en decúbito supino, −única posición racional para mis años y circunstancias−, de repente, me entra una especie de jolgorio interno, un júbilo enervante de los de tener que ducharme con agua de carabaña para bajarme los humos. Resulta que, como en todo lo fatídico, encuentro un fasto glorioso.

Ahora sé para qué vale el cansancio que trae de matute

la vejez

Voy a ver si doy con la explicación perfecta para semejante aserto.

Gracias a los años cumplidos, y al cansancio acumulado mientras recolectaba lecturas, enseñanzas y años, ya no me quedan alientos para ansiar salir a rebuscar nuevas sabidurías. Por fin −y a la fuerza− tengo tiempo para escribir a pierna suelta sobre lo aprendido y ganas de desempaquetar sobre un papel en blanco todo lo envuelto. Lo que no se me calma es este remusguillo por seguir leyendo, aprendiendo y trabajándome aunque sea en el paro o en vía muerta. Así que voy a ver si, a falta de alientos, y a fuerza de espigar en el batiburrillo de mi cerebro, aprendo de mí misma. Impedimenta y ganas no me faltan.

¡Qué útil, créanme, buenas gentes, qué útil es llegar a vieja!

Las piernas, como las de mi padre, ya no responden; es cierto. Los pies, mientras reniegan de bodas con zapatos de tacón, van por libres. Ni descalzos me dan los pinreles para salir a la calle a correr en plan buhonero, en busca de nuevas truhanerías que contar. Andar, ya, poco. Pero lo de sentarme arriba, en el desván del pensamiento, a revolver en lo guardado a buen recaudo y a tiempo, eso no hay quien me lo quite.

Quién nos lo quite.

Porque yo, aunque descalza y tumbaita, seguiré leyendo, escribiendo y pensando mientras haya alguien dispuesto a escribirme, leerme o recordarme. Aunque sea en plan peripatético, bamboleante y descalza.

 

En YAyYÁN. En un 18 de Octubre de 2026

domingo, 11 de octubre de 2026

MANUEL Y SU HIGUERA

 

PeriodiqueandoPersonas – 71/2026

A Manuel Pérez Perálvarez: que nos cuenta cosas de su abuelo

 

“Nunca podré olvidar”

−dice Manuel−.

Y una segunda infancia revienta a borbotones

en el caudal diario del periódico

tan lleno de palabras amarillas.

Una infancia equívoca y rugosa

que suena igual que aquella voz distante:

la voz indestructible del abuelo.

 

Al fondo del recuerdo está la higuera

desde la que Manuel nos sigue hablando.

 

En YAyYÁN. En un 11 de Octubre de 2026

EL GRITO - Opúsculo de trenes 1

  Desde aquí, y hasta que llegue el día, apremio a todas las voces, sean del color, de la creencia y de la obediencia que sea, a unirse el...