A Priscila, la Gran Dama calé entre los calés
A mi colega Andrés Tafur, que se trata con ellos
A Juan Espejo, que lo hizo posible
Gitaneando – 20/2026
Aunque ahora me parezca un sueño, Priscila existe.
Es ella una mujer gitana que vive en Santiago de la Espada, en una casita que levantó su marido a las afueras, −aunque en esos pueblos casi todo está “a−las−afueras”−, colgada en el borde de un cibanto que se despeña por un ladero sobre un campo labrantío en el que se agarra como puede al paisaje alguna que otra noguera asediada por los mordiscos de la nieve abaleada durante toda la noche desde ese lugar al que los de por allí le dicen LosCampos y a mí me gusta llamarlo ElPáramo.
Según colijo, el marido de Priscila fue un gitano que, cuando calculó que ya había hecho todo lo que tenía que hacer en esta vida, que era levantar una familia de las de verdad, una casa de verdad para la familia, donde pudieran seguir gitaneando sin molestar a los payos ni dejarse molestar, y plantar una parra que sombreara su llano para recibir bajo ella a cualquiera de buena fe, pensó que había llegado la hora de dar de mano, y dejó este mundo de lado y su pequeño universo en las manos de Priscila, que es quien manda ahora en sus silencios para dejar que sean sus hijos y sus nietos los que le pongan encomios, palabras y acordes de guitarra al sabor de esa olla gitana que solo ella puede hacer con semejante gusto a hinojos y a bendiciones en una misma cucharada.
Sucedió que un buen día un hijo de Priscila, Antonio de nombre, limpiamontes de oficio por más señas y forjador de prudencia por devoción, trabó trato con nosotros, juntaletras de oficio y devoción. No recuerdo muy bien cómo sucedió aquello de que el gitano que acompañaba a Antonio, ElNegro por más señas, se rompiera la camisa en prueba de acogimiento mientras nosotros compartíamos con ellos la barra de un bar de feriantes. El caso es que el tal Antonio nos convidó a sentarnos a la mesa de Priscila para que pudiéramos catar lo que su madre alquimiaba en una olla con cuatro condumios espigados en mitad del campo y mucho mirar de frente a la hora de remover fondos. Y nosotros, no sé muy bien por qué, presentimos que a lo que nos convidaban era a ser por un día los convidados a la mesa de una maga propensa a permitirnos probar de su nigromancia.
Porfiaron haciéndonos comprender que el convite no era filfa. Accedimos en el convencimiento de que el tal convite tenía su entresijo. Convinimos fecha para el encuentro, tratando de hacer ajustes para estar los cabales, como gustaba de decir Rafael ElGuerra para hacer el recuento de los que cabían en un mismo sentir.
Y llegó el día. Como llega todo.
Los llamados a la mesa de Priscila llegamos a la casa de las afueras con el tiempo justo para poder presenciar los últimos trajines de la quinta esencia de los compangos.
Mientras Priscila lidiaba con su potaje de habichuelas con hinojos, halagándolo y fustigándolo a partes iguales como si le estuviera diciéndole “nos-queremos-pero-aquí-y-ahora-la-que-manda-soy-yo”, los demás concurríamos al ceremonial tan medrosos como reverentes, mirando cómo la maga del fogón se repartía entre espumar cualquier demasía de grasa que soltaran las tocinerías y desmenuzar con el preciosismo de unos dedos deteriorados por el uso una lluvia de gurullos que, según iban cayendo en la olla sobre el borboteo del condumio, evadían la superficie zambulléndose en la espesura del caldo como quien busca la purgación redentora de un magma sustancioso y fragante para poder tomar cuerpo.
Priscila nos daba la espalda y le susurraba conjuros a su olla. Nosotros nos repartíamos por la estancia, zascandileando unos sin más rumbo que no fuera el acecho, y sentados otros en torno a una mesa con hule de cuadritos amarillos y blancos como un gallardete papal. Sobre la mesa, restos y reposiciones de piscolabis y refrigerios obsequiados por los familiares de Priscila para ir abriendo boca mientras la boca se nos hacía agua.
Hasta que llegó el momento de llenar los platos. Fue entonces cuando me mostré remisa en que me sirvieran el mío, temiendo que fuéramos más los comensales que el condumio a repartir. Y fue también entonces cuando Priscila me dirigió aquella mirada socarrona en la que adiviné una especie de reto que me sonó como un “mujer-de-poca-fe, ¿nunca te contaron el cuento de Las habichuelas mágicas?”. Y, ante mi evidente asombro, siguió colmando platos sin que la olla se agotara.
Esa noche me soñé dentro del cuento que había mencionado Priscila, con los puños cerrados, apretujando dos habichuelas en cada mano, y con una habichuela enorme dentro de la boca que a duras penas conseguí tragarme para poder seguir soñando. A la mañana siguiente aun me desperté con los dos puños todavía cerrados con sus dos habichuelas dentro. Sin soltarlas, me aseé a toda prisa dispuesta a regresar a la casita de las afueras para que Priscila me dijera qué hacer con aquellas simientes que eran sin duda un agasajo de la mujer gitana; pero no fue preciso. Fue su voz la que vino en mi busca: ¡siémbralas! −Urgía la voz.
De todo eso ya ha pasado un año.
Sembré las cuatro habichuelas que me traje de Santiago de la Espada. Brotaron cuatro matas semejantes a enredaderas que, valiéndose de sus zarcillos, treparon, primero por los barrotes de mi azotea, hasta alcanzar las últimas nubes de la primavera y perderse luego más arriba. Yo tronché las vainas a mi alcance y desgrané lo de dentro. Cuatro kilos. Nada menos que cuatro kilos de brillantes habichuelas pintas que he guardado en una talega de loneta para llevárselas a Priscila un día de estos. Los hinojos los pondrán sus hijos y sus nietos.
La olla, ella misma.
Nadie como ella para convertir su olla en fuente de manutención inagotable para la gente de buena fe que llegue a su puerta.
Inagotable.
Imperecedera.
Como su raza.
Como ella.
Porque Priscila no es un sueño.
Priscila existe.
En CasaYayYán. En un 27 de Febrero de 2026



