
(Una tarde en “La Económica”)
Pensamentario − 184/2026
Para quien alardee de "casta" bueno será que
sepa que embestir al cuerpo demuestra la carencia de casta
Recuerdo por entonces haber escuchado
más de una vez algo parecido a “hay que ver qué mal que habla para lo bien que
viste”. Y es que, como también se decía por entonces, el hábito no hace al
monje. Y, aunque la mona se vista de seda…
Verán a donde quiero ir a parar.
Soy hija de “un DonNadie con
buena planta”, como lo llamaba mi abuela, y nieta de una Doña con más
posibles de los que pueden consumirse en una vida, pero que, repartidos entre
los herederos, daban lo justo para ir viviendo hasta la siguiente cosecha.
Mientras vivió, que fue más bien
poco, el DonNadie, mi padre por más señas, se gastaba en libros y
en buenas maneras lo que no tenía, logrando un saber, una distinción tan legítima
y una prudencia tan genuina que para sí lo hubieran querido alguno de los
enciclopedistas del S. XVIII. Mientras pudo, la Doña, su suegra por más
señas y mi abuela porque sí, teniendo de qué, se gastó en libros lo justo para
que yo le tomara ojeriza a lo del martirio y una
cierta querencia a saber de qué iba aquello de lo que no se debía hablar, pero
por lo que le daban la palma del martirio a las que mi abuela me ponía de
ejemplo vital y yo no quería parecerme ni muerta.
Ser hija de quien fui me enseñó a
buscar con humildad en los libros las mejores maneras de esforzarme por respetar
a las personas aunque sus ideas fueran más o menos respetables. Ser nieta de
tal abuela me permitió tener uno de aquellos muñecos exclusivos de NiñaBien,
el “Juanín Pérez”, al que tanto se me asemejó usted anoche, con perdón, mientras
trataba de engatusarnos, más con su bien estudiada apostura de HombreLlano
recién horneado para convite de escuela diplomática que con su mal impostada impostura
para el envite graciosete contra los de la plebe, poniéndoles nombre y apellido.
Lo digo porque su vestimenta me recordó a la de un JuanínPérez recién
rescatado de un inexorable régimen de adelgazamiento; pero su discurso, a mí en
particular, y a algunos de los asistentes en general, nos resultó una penosa imitación
de esnobismo rampante, tan impropio de un diplomático de su altura como próximo
al lumpen barriobajero de quienes ni en sus más delirantes alucinaciones soñaron
nunca con llevar bordados con canutillo de oro sobre el pañete en la pechera;
ese lumpen del que usted abominaba de boquilla, poniéndole nombres propios a
bocaza navajera rampante, adobada en gracietas algo rancias. Eso sí: falsificando
asquitos versallescos entre amagos de lances al más puro estilo del granadino
Uriel blandiendo su espada de fuego.
No sé por qué −quizá por algo tan
ramplón como el excesivo resplandor de los cinco botones de latón de su
bocamanga− me pienso yo que el atrezo con el que se nos apareció usted anoche fue
elegido con el mismo cuidado con que se elige la ropa interior de una novia. Su vucuñosa
chaqueta VerdeMusgo a juego con su pajarita VerdeManzana, sobre
una camisa que, de puro albor, a juego con su bien alineada parvedad en la pelambre,
arrancaba lágrimas; todo en usted era escrupuloso acicalaje, salvo su rebuscado
descuido en la jerga con nombres propios utilizada como anzuelo “por−si−acaso”.
Hoy puedo decirle que, en efecto,
allí estábamos muchos PorSiAcasados, de los que aun acudimos a los foros
intelectuales, como lo es el de La Real Sociedad Económica de Amigos del País,
deseosos de seguir instruyéndonos en cultura, tolerancia, maneras, discreción y
erudición de los que se supone que aprendieron antes, porque pudieron aunque no
quisieran. Vamos a esos sitios por ver si conseguimos hacer un mundo en
condiciones mejor del que nos dejaron.
Para lo otro, −lo del cuerpo a cuerpo
o el improperio chabacano al político de turno− ya tenemos a los que se les
paga para eso: para que rajen de los que mandan o de los que quieren mandar lo
que nosotros no nos atrevemos a decir todavía porque no nos sale de dentro. O
acaso porque, en el fondo, todavía tenemos el miedo metido en el cuerpo desde
los tiempos en que a mí me compró mi abuela aquel orondo JuanínPerez de
celuloide vestido de falangista, que era lo que entonces se llevaba si se
quería caerle bien a quien señalaba a sus elegidos con el dedo, y a los otros
los mandaba callar para siempre sin decir esta boca es mía.
En YayYán. En un 23 de
Septiembre de 20