Es muy posible que, en aquellos
primeros momentos en los que comenzábamos a convalecer del obligado silencio, impuesto
por CuarentaAñosDePaz, hubiera una urgencia vital de desatorar las
gargantas y gritar a pleno pulmón; un tiempo en el que lo de interrumpirse LosHunos
a LosHotros y LosHotros a LosHunos, como Dios nos interrumpe
(la vida) no fuera una bribonada para engañifar jácaras sino la mejor manera personal de trasladar
creencias.
En aquellos tiempos del “habla
ahora o calla para siempre”, o del más expeditivo “maricón-el-último”, pereciera
que la berrea tuviese su eficacia en los PresuntosOyentes, quizá porque LosHunos
y LosOtros debieron tomar el rábano por las hojas sin preocuparse
demasiado de que las hojas se les quedaran en la mano sin llegar a arrancar la
raíz, y, acabada la Cuaresma, acabaron por confundir el “presunto” con el jamón
de bellota.
Es muy posible que incluso
lo de pisarse arengas LosHunos a LosHotros y LosHotros a LosHunos,
elevando el tono hasta hacer inaudible al contrincante, pareciera que venciese,
aunque no convenciese a los PresuntosOyentes.
Con el paso del tiempo, conservado
el ruido en salmuera, y refrito en la chabacanez del volumen áulico, a los PresuntosOyentes
se nos va endureciendo la capacidad de atención, y comenzamos a renunciar a
cualquier intento de comprender ese galimatías con el que se pisan la mugre del
gallinero LosHunos a LosHotros y LosHotros a LosHunos.
Si semejante balumba ensordecedora
nos trastorna el oído, no consigue sin embargo desgastarnos el paladar, ni anestesiarnos
el regustillo a tocino rancio que se nos queda en él.
En conclusión: no
cabe duda de que semejante estruendo volumétrico se ha enranciado. Debiera creérseme
cuando digo que el rancio de LosHunos y de LosHotros comienza a
tener efectos secundarios: nos está refinando el paladar y nos está empujando a
buscar la verdadera armonía en “los sonidos del silencio”.
Acabo de leerme, como
hago todos los domingos que me sacan en el periódico, y me ha entrado la
risilla floja esa que da cuando una se ríe sin ganas y de sí misma. ¡Cómo es
posible!, −me digo− ¿cómo es posible que un empleado nuestro, al que nosotros le
compramos la gorra cuando lo mandamos a ponerse la gorra de JefeEstaciónMayor,
se nos endiose de semejante manera, y crea que puede torear a quienes ponemos
los dineros encima de la mesa (de Hacienda) para que pueda él lucir esa gorra
llamada Ministerio”?
De momento, un día de
estos voy a ver si me proveo de alientos para acercarme a La Mancha, donde
además de vino, queso y tocino parece que se está levantando cierta tolvanera
trenícola, a enterarme de cómo llevan
por allí lo de pedirle cuentas a mi DonMinistro sobre lo que debiera ser
y no es. Entre tanto, yo a lo mío: a comprarme cuanto antes el sello de la
carta de mi próximo artículo en el Diario JAÉN, no sea que, como pasa con los
billetes de tren, se encarezca si lo compro el mismo día del viaje y no pueda
costeármelo. O que la vida disponga para una servidora embarcarme en el viaje
que todos hemos de hacer antes o después desprovistos de equipaje, y se me
quede sin echar al buzón la siguiente carta. Menos mal que esta, la de la “Falacia
ad hominem”, no hay quien la “secuestre” ni la pare. Es lo que tiene poder
contar con un peacillo de página en condiciones en un periódico en condiciones
como lo es el nuestro, el Diario JAÉN, que no descarrila de lo rural ni aunque
le pongan sebo de ternera gallega en las vías, y que, cuando pilla una linde, no
para aunque se le acabe la linde.
Yo de ustedes iría a
comprar el periódico y me leería como yo me he leído. Hay veces que me encanta
lo que escribo.
PS/ No podía
faltar en la página 30 el relato soberbio que siempre viene con lo mío, de Manuel
del Olmo Escribano. Aunque solo sea por aprender a escribir de la mano de
un maestro de las letras, yo iría a por el periódico.
Se nota. Sí señor. Se nota que sigue
enamorado de la Economía, y del prodigio de sus números (primos o enteros).
Pero lo que más se nota es que, como su maestro, sabe narrar desde lo más
sencillo la historia del empeño en una profesión abrazada por la lectura de un
libro: “Política económica” de Enrique Fuentes Quintana.
Nada que oponer. Fue el mismo libro
que tuve en mi carrera de Derecho y que me hizo confiar en hombres capaces de
convertir la economía en un filón de conocimiento poético por explorar; como Antonio
Martín Mesa.
Qué grandes columnistas se
gasta el Diario JAÉN a la hora de glosar con voz poética esas vocaciones aparentemente áridas.
No nacer −digo− y
quedarme allí donde no se cometen errores por falta de aprendizaje y vasallaje.
Pero ella se empeñó.
Y aquí estoy, con mi
carga de aciertos y de errores. Amando y AmándoME tal como ella me
enseñó: “Lo que los demás recuerden de ti cuando no estés será tu legado” −decía.
Tal como yo me hice.
Hoy, tantísimos años
después, me alegro de aquel empeño suyo. Vivir cada año de los que he vivido,
aprendiendo día a día a ser buena gente, ha merecido la pena a pesar de los borrones
en algunas páginas, que me recuerdan que soy humana.
Sigue mereciendo la
pena trabajar para el recuerdo.
A ver si no llevo razón. No hay quien me quite de la cabeza que… quien
dedica sus meninges comunes a imaginar cómo J- - - Ra alguien con nombre propio, sin usar preservativos mentales frente
a un más que previsible contagio, se arriesga a convertir a su pieza de caza en
víctima de la que apiadarse, y a su víctima, una vez abatida, en reliquia de
culto.
¡Ay, señor! ¡Si será zorrocotroco…!
A ver si alguien resuelve este acertijo: ¿quién es quien, empleando
suincontrolada “facundia jurídica”como medio, está desnivelando
la brújula de sus propios fines, logrando levantar una tolvanera de
simpatías hacia la criatura encausada en el mismísimo cogollo del inconsciente
colectivo de ese gran JURADO POPULAR que es la opinión pública?