VA DE...Batiburrillo literario

jueves, 30 de abril de 2020

LA QUINIELA II



(Croniquilla del Viruso Coronado 51)

−Cordia XVI−
A esa seguidora de la Cordia que no quiere decir su nombre pero que me regaló un recuerdo propio.


Braulio se metió para adentro con esa mansedumbre propia de quien sabe que los años ya no le acompañan para meterse en polémicas con personas más jóvenes. Y menos con municipales que escarban en el suelo.

De manera automática arrastró los pies hasta la cocina y se sirvió un vaso de leche directamente del frigorífico. ¡Para qué se iba a molestar en calentarla si de lo que se trataba era de mantener el estómago en condiciones para que no se le insolentara durante la largura de la noche que presentía que le aguardaba! Además, si se ponía a calentarla, seguro que se descuidaba como tenía por costumbre, y la leche se salía del cazo llenando la cocina se aquel pestazo insoportable que siempre avisaba a la Cordia de que él se había metido a cazoletero.

Claro que esa noche no tenía allí a su Cordia para amonestarlo por cualquier cosa.

”Ay, Cordia, Cordia…”.

“Hay que ver cómo son las mujeres. Las cocinas son su reino; y nosotros, como mucho, al bar. ¡Pobre del que se atreva a incomodarlas en su territorio!” −cavilaba Braulio mientras bebía la leche− “a sorbos pequeños, Ulio, que ya sabes que la leche, según cae en el estómago, se cuaja. Y no es lo mismo digerir una almorzá de cuajaringos que meterle mano a un cuajarón entero”. “Qué sabia era su Cordia”.

“Ay, Cordia, Cordia de mi alma”.

De camino al dormitorio tropezó dos o tres veces con los maceteros de aspidistras que su Cordia cuidaba en el pasillo con esmero de madre.

−No sé yo qué necesidad tienes, mujer, de ponerme tan trabajoso lo de irme a dormir −se escuchó decir en voz alta, voz que retumbó en el denso silencio que lo rodeaba, rebotó contra las paredes y le cayó encima de los hombros con la clara intención de aplastarlo.

Si al menos ella pudiera responderle…

Las sábanas estaban frías. No era de extrañar que la Cordia le plantara los pies siempre helados entre sus muslos hasta meterlos en calor. Y ¿a quién iba él a calentarle los pies esa noche? ¿Y a él? ¿Quién iba a calentarle el alma? ¿O la cabeza?

Sería mejor no pensar, porque....

Pero ¿desde cuándo está ahí esa foto?

Por entre los postigos de la ventana, junto con el olor de los celindos recién abiertos, se colaba la suficiente claridad de la luna en el culmen de su cuarto creciente como para, una vez acomodados los ojos, poder distinguir el retrato de encima del tocador, en el que nunca había reparado en los últimos años, pero que recordaba en cada uno de sus detalles, incluida la dedicatoria y sus circunstancias:

“Para mi querido novio, Ulio, con todo mi cariño. Tu Cordia”

3 de noviembre de 1961



En el tajo
            Si mal no recordaba él, aquel día de hacía cincuenta y nueve años (¡qué barbaridad!) era domingo, y los paisanos, aunque derrengados tras varias semanas tirados en el tajo recogiendo la aceituna, se habían permitido un poco más de holganza en la reunión del bar Cadenas, para echar una ligadilla algo más larga, mientras las mujeres, después de revisar que las mariposas de los muertos se habían consumido, apañaban los últimos manjares en la capacha, apretándola con los condumios para el día siguiente: algo de tocino, fiambre y naranjas guasintonas.

          En el bar, sólo unas pocas mujeres jóvenes ocupaban alguna de las mesas colocadas en el fondo, junto a la lumbre bien cargada de leña todavía verde que prestaba un olor especial al pueblo entero por aquellas fechas. Entre las mozas retozonas, unas estaban acompañadas por sus novios; las otras reunidas en una pandilla bullanguera propia de su edad.

          Fue en el mismo momento en que una Cordia en flor, que no había cumplido todavía los dieciocho años, le estaba entregando la fotografía dedicada, con toda la ilusión brotándole en la cara, cuando los hombres de la barra pidieron silencio con silbidos y voces urgentes. Iban a dar el resultado de la quiniela, aquel pedacillo de papel que para muchos de ellos eran la eterna e inalcanzable esperanza con la que librarse de las penalidades del campo.

         Muchos de los parroquianos de bar colocaron sus boletos encima del mostrador, preparados para comprobarlos directamente. Otros sacaron de sus bolsillos pedazos de lapiceros mordisqueados, y se dispusieron a apuntar los resultados en el primer pedazo de papel que se les alcanzaba. Entre ellos, Juanchico, situado en la parte más alejada de la puerta de salida, casi junto al fuego, que ardía alegre y calentaba el local tanto como el vino, se aplicaba a apuntar lo que salía del dial hasta que tuvo completa la combinación ganadora.

         Cesó la información deportiva, y con ello cada parroquiano volvió a lo que había dejado en suspenso momentos antes recuperándose el bullicio anterior.

Casas para el recuerdo
        Recuerda Braulio cómo se sofocó la cara de la Cordia a la luz de las llamas de la chimenea cuando él, como muestra de agradecimiento por el retrato, y después de asegurarse de que nadie estaba pendiente de ellos, bajó la mano hasta la rodilla de su novia y se la acarició con un tiento largo e intenso, bajo el que él sintió el amontonamiento de la sangre de ambos y el azoramiento de quien no sabe manejarse en tales lides.

          Sin embargo, alguien estaba pendiente de cada movimiento entre la pareja, como pudo comprobar cuando, desde tres mesas más allá, donde estaba la pandilla de las mozas, llego la voz desabrida de la Ñica:

“Nena, a ver si te van a enganchar las medias y tienen que comprarte unas nuevas. No sea que se haga verdad el dicho de que quien viste a una mujer tiene licencia para desnudarla”.

          Malamente hubiera terminado el trance si no fuera porque en ese mismo momento no se hubiera escuchado el grito de Juanchico, entrando con azoramiento por la puerta del bar.

         “Que tengo los catorce, que tengo los catorce” −Y agitaba sobre su cabeza una quiniela de una sola apuesta, para luego bajarla hasta su boca, besarla con exagerados aspavientos, y volver a subirla al grito de “que tengo los catorce, que tengo los catorce”.

          Nadie lo había visto salir a pesar de que tendría que haber atravesado todo el bar. Nadie lo echo de menos después del parte. Pero todos se abalanzaron hacia él cuando volvió con semejante noticia, pidiendo que les mostrara aquel boleto milagroso y les dejara tentarlo.

           ¡Que es verdad! −gritaba uno.

           ¡Eres rico, peazo pendejo! −vociferaba otro.

          ¡Bien va a venirte este golpe de suerte, jodío, con la cuadrilla de bocas que tienes que alimentar, y el hambre atrasada que acarrean! −se escuchaba más allá.

           Que nos convide, que nos convide, −clamaban ya todos los allí presentes.

          La cara de Juanchico dicen que estaba como demudada, tal cual parece que hizo notar el pregonero.

            −¡Ay, quién no fuera tú, compadre! ¡Venga, tocayo, que hoy, solo con verte la cara que se te ha puesto, siento que soy yo el que tengo un triunfo entre los dedos! Que se empiece un jamón y lo tapeamos entre todos −se escuchó reclamar al pregonero oficial, Juanelo, que, con lo poco que cobraba del Ayuntamiento por darle a la corneta, siempre estaba a la que caía, y no dejaba pasar ocasión de echarse al gaznate un vaso de vino con tal de que fuera por cuenta ajena.

           “Juanelo: con el cuento de la quiniela, a ti se te ha puesto cara de triunfo sin haber triunfado; −se escuchó vocear a la Ñica, para arremeter a continuación y de inmediato contra la Cordia, malqueriéndola:

           −Piensa ella que ha triunfado, sin saber que la última triunfadora seré yo. Tiempo al tiempo.

            Todos pudieron ver que, si en un principio el pobre Juanchico perdía el color, cosa que achacaron a la emoción de verse rico, pronto entró en la jarana general, reclamando del camarero una ronda tras otra “esta noche aquí no paga nadie ni puede faltar de nada. Metete en la cantina y saca lo que tengas y lo que no tengas, que, en cuanto cobre el boleto, te lo pago con creces, y encima te compro el bar”.

            Tampoco en esa ocasión vio nadie al Joni, el hijo de Juanchico, que como tenía por costumbre, acompañaba a su padre a cualquier sitio al que fuera. Pero esa noche tenía que contarle a su madre que por fin se habían terminado los madrugones para ir a la aceituna; los sabañones sangrando encima de la escarcha, las miserias a la hora de comprar un poco de más o de menos de tocino o de butifarra para rellenar la capacha con la que alimentarse toda la familia en el tajo; el “fíeme usted una panilla de aceite hasta que le paguen a mi hombre” en la tienda del Fipe, y el “nene, encoge los dedos, que este año no hay para alpargates nuevos”.

            Pobre mujer. Por lo que se supo, casi se desmaya cuando su nene, con los carrillos echando fuego y los ojos echándole chispas, le dio la noticia: “mama, que somos ricos; que a papa le ha tocado la quiniela con los catorce”. Luego de reponerse, estuvo dudosa entre alargarse hasta el bar Cadenas en busca de su hombre o montar ella su propia celebración, optando por esto último, ya que también ella se merecía una independencia en la celebración.

          Sin dejar puerta por aporrear ni ventana por la que meter sus nudillos, fue convocando a las vecinas, desatando la locura general entre ellas. Todas dejaron a medio apañar las capachas y se amontonaron delante de la puerta de la agraciada, más por ver lo que podían arañar de la suerte ajena que por la alegría que se desbordaba de los aspavientos de la mujer de Juanchico. Si salió de ella, o fueron las vecinas quienes comenzaron con el menudeo, nadie lo supo. Lo cierto es que a una le daba el aceite que le quedaba en la alcuza, otra le pedía la cama blanca de matrimonio, a otra más le regalaba el fiambre comprado esa misma tarde para llevárselo al tajo, las varias se repartían en miserable ajuar que sacaron del baúl grande y de la arquilla chica. Y, cuando ya no le quedaba nada que dar que no precisara para esa noche, repartió entre todas una lista de promesas de entrega de los pocos enseres que la familia había atesorado con tantísimas fatigas.

            A fin de cuentas, iban a ser ricos. Era cuestión de días.


         Braulio y Misericrodia disfrutaron esa noche de la largueza de Juanchico y del afectuoso compadreo de Juanelo, aunque se dolieran de lo que salía de la boca de la Ñica; pero, sobre todo, de lo que salía de sus ojos.

           Dicen que la mujer vio desde lejos venir a su Juanchico apuntalado en Juanelo; pero que esa vez no le tuvo en cuanta el achispamiento que traía, y que incluso lo ayudó a meterse en aquella cama de cabezal de hierro pintado de blanco con somier de muelles chirriantes que en poco tiempo saldría de su casa porque ya estaba apalabrada su donación. En cuanto su hombre cobrara la quiniela y se convirtieran en señores.

          Cuando al día siguiente Juanchico la zarandeó –“nena, que se nos hace tarde para ir a la aceituna” −a punto estuvo de soltar la carcajada. Pero la risa se le congeló cuando el hombre se confesó con ella como si fuera el cura de la iglesia de arriba y él un pecador irredento:

          −Todo iba a ser una broma, Gustia. ¡Cómo iba yo a calcular…! Cuando sentí en la radio los resultados de la quiniela, subí a la casa, despegué el sello de la mía, lo pequé en una que rellené con la combinación ganadora, y me bajé al bar a darles el chasco para que se chincharan. Quería yo saber lo que se siente ante los demás cuando lo creen a uno un creso. ¿Cómo iba yo a calcularme…?

          −Pues el chasco ha sido para nosotros, Juanchico. Porque hoy no tenemos ni una gota de aceite para echar un hoyo. Y mañana, Juanchi, tendremos que dormir en el suelo y vestidos si queremos cumplir con la palabra dada ¿Tú sabes la ruina que has metido en esta casa?

*   *   *

        −Ay, Cordia, Cordia… ¿Tú sabes la ruina que has dejado en esta casa…? No querrás que sea la Ñica la que triunfe finalmente y se salga con la suya. ¿Qué voy a hacer sin ti, Cordia?
*   *   *

        Se sabe que, cuando al día siguiente tocaron a su puerta, al Ulio lo había vencido el sueño, tras pasar la noche enterica en vela, hasta que comenzó a clarear. Sería por eso por lo que tardó en acudir con el corazón en la boca y los ojos como platos.



Desconcertada en CasaChina. En un 30 de Abril de 2020

miércoles, 29 de abril de 2020

LA QUINIELA I



(Croniquilla del Viruso Coronado –50)
−Cordia XV−
Dedicada a una de las amigas de Cordia: que propuso el tema, sin desear de momento que su nombre aparezca.



La nota escrita por Misericordia temblaba en las manos de Braulio.  No podía entender que aquella mujer suya, que, como él mismo, no daba un paso sin decirle antes a dónde iba, se hubiese limitado a escribirle cuatro letras entre las que bien podía ver él que algo bastante raro había pasado para no darle mayor explicación, pero dejando entrever que su marcha no era precisamente voluntaria.

Comenzó a hacer un primer listado de posibilidades del que fue entresacando las menos probables hasta quedarse con las esenciales:

          UNA: Como él se había retrasado algo más de la cuenta, Cordia habría ido a buscarlo y le habría pasado algo. Pero eso no casaba bien con lo que decía la nota: “Por lo que escucho, vamos a salir por la circunvalación”. Eso quería decir varias cosas: una, que Cordia no iba sola, porque de ir sola no hubiera escrito “vamos a salir”.

      DOS: Que su mujer saliera a buscarlo, y con aquel genio suyo que le salía de vez en cuando, se encarara de malas maneras con los municipales si intentaron pararla, y se la hubieran llevado detenida. Cosa que descartó de inmediato, porque los municipales, con toda la autoridad que gustaban de exhibir cuando merodeaban en pareja, no se hubieran atrevido a detener a una mujer que los conocía desde chicos y que demostraba más autoridad que ellos mismos.

          Luego estaba aquello de que, según la nota de Cordia, algo tendría que saber la hija de la Toña. La Ñica. Para cerciorarse de lo que la nota quería decir, volvió a leerla:

“…la hija de la Toña, que la he visto yo fisgoneando detrás de la persiana con cara de triunfo”.

          “Con cara de triunfo”.

          ¿Por qué había subrayado la Cordia aquel “con cara de triunfo”?

          Se acercó al ventanal trasero con la esquela en la mano, y sintiendo la cabeza como una pared de frontón contra la que rebotaban las cuatro palabras subrayadas: “…con cara de triunfo” “…con cara de triunfo” “…con cara de triunfo…”.

         Afuera, furiosos torbellinos de aire, arrancados de una tormenta tardía para el mes del año en que estaban, se irritaba a fondo con los rosales recién florecidos del jardinillo, arrancaba hojas tiernas del avellano y sacudía los sarmientos del parral en los que ya pimpolleaban las espiguillas de los inminentes racimos de uvas de moscatel; un poco más lejos gemían las vallas que separaban el jardinillo del huerto; más al fondo comprobó que el recinto del corral estaba ya vacío. La Pita, la Kika y el Nano ya se habían retirado, y seguramente estarían encima de uno de los dos palos que él mismo había puesto de pared a pared en el gallinero hacía años. Sonrió sin querer al recordar lo déspota que se mostró siempre el Nano, quien no permitía que ninguna de las gallinas ocupara el palo más alto colonizado por él desde un principio. “Cada cual, según sus categoría, se cisca en los de abajo a sus anchas cuando lleva en sus manos el triunfo” −había refunfuñado la Cordia la tarde en que ellos dos comprobaron el reparto de puestos en el gallinero.

           “El triunfo”. Otra vez la palabra “triunfo” puesta en labios de su Cordia le recordaba ahora tiempos ya muy lejanos en los que en el corral picoteaban y escarbaban más de una docena de gallinas, con las que al gallo de entonces no le quedaba más remedio que compartir el palo de arriba a la hora de retirarse para dormir. ¿Por qué esa palabra le rondaba en la cabeza como si fuera una clave escrita y enfatizada en el papel por la Cordia, y sin duda a caso hecho?

           Más allá del jardinillo, y aún más allá del huerto, por detrás del chamizo del gallinero, el sol ya se había puesto, dejando derramada sobre el Valle detrás de sí una borrosa luminosidad menguante que se confundía con el afligido estado de ánimo de Braulio, quien ahora comprobaba que el viento, que momentos antes se desaforaba sin piedad con la vegetación, se había echado también a dormir, como el sol; y como sus animales. Sólo dos tórtolas rezagadas aliviaban su última sed en el bebedero de las gallinas, con aquellas maneras que tienen los pájaros de beber: amagar el cuello, meter el pico en el agua y luego levantar la cabeza y echarla hacia atrás, con un ligerísimo vaivén, como si carecieran de fuerza interna para el trasvase del agua desde el bebedero hasta el buche.

           Oscurecía ahora algo más deprisa.

           Y la Cordia sin dar señales de vida.

           Triunfaba las primeras sombras al otro lado de la cristalera.

       ¡El triunfo de las sombras! Otra vez la palabra machacona. “triunfo…”; “…cara de triunfo”.

          ¿Y si la Cordia hubiera querido mandarle una clave muy concreta?

          ¿Y si la Cordia estuviera diciéndole que fuera a preguntarle a … ¿a quién?

         ¿A la hija de la Toña?

         ¡No! Seguro que no.

         ¿Entonces?

          …Triunfo… triunfo.

         ¡CaraTriunfo!

          Eso mismo era. Pero mira que tenía talento su Cordia. ¡Era a CaraTriunfo! Él era al que la Cordia estaba señalando. Y, total, vivía en la casa de enfrente. Solo tenía que cruzar la calle, tocar con los nudillos en los cristales, y esperar a que abriera los postigos sin necesidad de tener que aproximarse a él más allá de lo necesario para que le diera razón de lo que pudiera haber visto desde su ventana, de la que no se retiraba si no era para hacer sus necesidades. Algo tendría que haber visto, como lo había visto la hija de la Toña…

Era una de esas noches de finales de abril, en las que las sombras no acaban de cerrarse del todo, y un biruji roncero se enseñorea de las calles, arrastrando por lo irregular de su pavimento su mal cuajo destemplado cuando Braulio, tras calarse la gorra, y echarse la pelliza sobre los hombros, abrió la puerta de su casa, en la seguridad de que no habría nadie por la calle por lo retirada que estaba, casi a las afueras del pueblo. Se veía luz tras algunas ventanas, entre ellas la del CaraTriunfo, que se dejaba distinguir cabeceando sobre el cristal de la mesa camilla.

        Antes de salir, aún sacó la cabeza y miró hacia la casa de la hija de la Toña, cuya ventana permanecía a oscuras, aunque, teniendo en cuenta el meneo de los visillos, lo más seguro es que ella estuviera alerta a cualquier evento del exterior por improbable que fuera. Pero a Braulio no le preocupaba ya aquel acoso de la mujer, que venía durando desde que él se decidió por cortejar a la Cordia a pesar de que la hija de la Toña no lo dejara respirar ni de noche ni de día.

         “¡La pobre! Para mí que todavía, siendo carcamales como somos ya todos nosotros, sigue cerril, tirándo indirectas” −reflexionó Braulio mientras salvaba el escalón de la puerta de su casa−.

        “¿Qué era lo que había dicho la hija de la Toña aquella noche en la que a Juanelo le pusieron el mote de CaraTriunfo?”. Ahora lo recordaba como si no hubieran pasado 50 años:

         “Juanelo: con el cuento de la quiniela, a ti se te ha puesto cara de triunfo sin haber triunfado; y esa −y miró a Cordia de medio lado− piensa que ha triunfado, sin saber que la última triunfadora seré yo. Tiempo al tiempo”.

         Eso es lo que había dicho la Ñica aquella noche.

       Luego quiso el destino, o a lo mejor fue la Ñica la que forzó el destino a fuerza de aborrecimiento, que vivieran pared con pared.

         Esa noche Braulio se estremecía recordando esos cincuenta años transcurridos. Nunca se lo había comentado a Misericordia; pero no era necesario decirle lo que ella percibía mejor que él mismo:  que hubo veces en que sintió cómo la aversión de la Ñica atravesaba el adobe de más de medio metro que separaba sus casas, traspasaba la puerta de su alcoba, y se hacía presente como un alma en pena, mientras él le dispensaba a la Cordia sus mejores caricias.

          En la ventana de enfrente el CaraTriunfo se removió y enfocó sus ojos agotados hacia la ventana de la Ñica, que acababa de iluminarse. Era el momento de salvar el escalón, cruzar la calle y preguntar al vecino.

         −¿A dónde dice que va, Ulio, a estas horas?

         Oyó la voz inconfundible de Blasillo, el municipal. Detrás de él, el otro municipal, el Jaro, picoteaba con la puntera de su bota el chinorrillo del alcorque del árbol contiguo. Parecía que hubieran estado esperando que saliera de su casa.

           −¿Y a vosotros qué os trae por aquí?

        −De patrulla. Ya sabe. Vigilando que no se quebrante el encierro y se perjudique al personal.

      −Tranquilos. Voy ahí mismo, al otro lado de la calle, a preguntarle al Nelo CaraTriunfo si puede darme razón de la Cordia, que lleva todo el día sin dar señales de vida. ¿Vosotros no sabreís…?

       −¿Nosotros? −y el Jaro arañaba ahora en el chinorrillo como si estuviera nervioso−. Pues, verá usted, Braulio (“mala cosa −pensó−: lo llamaban por su nombre completo”) tendrá que volverse a su casa, porque no está permitido salir si no es para lo que está permitido. Y a estas horas… Lo que tenga que ser, será.

Desde la ventana de enfrente, Nelo le hacía señas, como diciendo que dejara para después lo que fuera.

           Por el postigo entreabierto de la ventana de al lado salían la vocecilla cascada y dañina de la Ñica remedando la letra adulterada de aquel disco que ella gustaba de poner a todo volumen:

Yo se bien que estoy afuera

pero el día qu’ella se muera

se que tendrás que llorar…



          −Venga, Braulio, métase para dentro; que mañana será otro día. Y alguien vendrá antes o después a darle razón…



Inquieta en CasaChina. En un 29 de Abril de 2020


LAS MANOS DE MARÍA LA GITANA

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