(Trochas GastroSánticas de Sierra
Mágina)
Lo de la zarza que ardía como la yesca sin acabar de consumirse
nunca (cual pozo de petróleo ardiente) de seguro que fue sacado de alguna de
las muchas santerías a las que se les reza en Sierra Mágina durante la quema de
rastrojos, sin que alguien pasara por allí en el momento preciso y le diera por
ponerlo por escrito, ni hiciera orado de la cosa. Los rezos y sus milagros bajan
del cielo cuando tiene que ser, si es que tiene que ser, y los perciben los que
pueden.
Rezar −por darle un nombre a lo de sigilarse por fuera y por
dentro− digo yo que es una manera de despachar al personal pedigüeñero con una
especie de “perdona-por-Dios” inexpugnable, sin que el personal pueda ofenderse
por dejarlo con la palabra en los labios cuando es Dios quien está esperando.
Si, además, como tenía por costumbre el Santo Custodio en la
Hoya del Salobral, se apaña uno alguna covacha en condiciones, en la que
ladearse del mal-de-ojo que emerge a raudal de la mirada de los aviesos de
nacimiento, al tiempo que se le dispensa al sol del malagüero de sus peores
horas, rezar puede convertirse en la única manera razonable de entenderse con
uno mismo sin precisar de explicaciones.
La cueva de la que hablo, en la que dicen que el Santo rezaba,
viene a ser como eso a lo que ahora le
dicen “loft”, y que de toda la vida de Dios se ha llamado camaranchón, pero que,
al contrario de las que hacen los alarifes a golpe de llana y palustre, esas covachuelas
naturales de Sierra Mágina no necesitan de ventilación ni de lumbre para ser por
dentro plácidas y fragantes como una tahona, haga el tiempo que haga por fuera.
Divisada a vista de pájaro, la entrada de la cueva en la que
se refugiaba el Santo Custodio para lo de los rezos semeja la boca de un viejo
de labios eritematosos, desfigurados por la caliza del tiempo, de entre cuyos
bullones parecieran escapar unas veces, y arrebujarse otras, las ruinas de antiguos
colmillos que debieron ser caninos en su día, y que ahora son muescas redondeadas
por el mucho rumiar siglos de líquenes, tempestades y ventiscas. Va abriéndose la
oquedad a manera de ávido gaznate, dispuesto a trasegar existencias antes de
que la suya se ensanche y se atragante de tanto trasegar y sostener soledades
en arrobamiento.
Una escalerilla metálica de tres peldaños nos allana a los
menos enjaezados en lo del uso de jovenzanerías el descenso a ese buche calcáreo
donde el Santo buscaba remanso y retiro para entregarse a lo de ser digerido
por la calma.
Bien pensado, Sierra Mágina, con sus cuevas, sus ánimas, sus
cantiles, sus santos y sus visiones, merecería que cualquier remedo de un Santiago
proclive a la morería señalara caminos a recorrer en plan peregrinaje de olivos
y jaramagos hasta llegar a cualquier plaza de cualquiera de sus pueblos, desde
la que echar a volandear campanas y cornejas que avisaran de lo mágico que
puede llegar a ser lo de rezarle a las zarzas y a los zorzales, que son más
criaturas de Dios que los troncos policromados tras el trabajo de buril y el
pan de oro.
¡Quién sabe!
No me queda otra que reconocer que, tras ser convidada a sentarme
a la mesa de Noalejo −<CUCHARADA Y VERSO ATRÁS>, y empapuzarme de lo de
Bélmez de la Moraleda y sus ANDRAJOS, tengo que reconocer −digo− que las gentes
de SM tienen un manejo de sartenes, azafates y misterios que da gloria; y pienso
sin reservas que todos los caminos llevan a SM.
PROCLAMO: Antes o después van a oficializarse lo de <LAS
TROCHAS DE SIERRA MÁGINA> en plan santerías, pitanzas y bebedizos de ponche
y resoli, como se oficializó lo del <CAMINO DE SANTIAGO> a golpe de vía
láctea, vieiras y “Albariño”, y se van a enterar los gallegos de lo que son “RUTAS
GASTROSÁNTICAS” en condiciones, entreveradas de versos con los que poder hacer
camino al andar.
Tiempo al tiempo.
En CasaChina. En
un 27 de Junio de 2022