(Méndez Núñez, 7)
No todo lo que cuento en estas historias fue cierto. Pero
podía haberlo sido.
150/2021
Muchos años más tarde −tantos que reproducir ahora la aventura de lo de tirarme por
“los escurridizos” me hubiera llevado directamente al “arreglahuesos” a causa
de estos huesos míos pasados de fecha−, Abelardo,
que ya había echado talento suficiente como para hacer un acto de contrición, acabó
por revelarme la razón de ser de la fila de zangalitrones sentados en el
antepecho que cerraba el recinto de la esplanada de abajo, en la Barriada de
Fátima, justo frente a los dos escurridizos, aquellas dos rampas que servían de
defensas laterales a los escalones de acceso a la esplanada de arriba, donde
estaban la vieja y artesanal fuente de cuatro caños, ya desaparecida por obra
(y desgracia) de algún zurupetillo con la cabecita llena de moderneces. En
aquella esplanada superior estaban también los por entonces endebles cinamomos
recién plantados, que ahora se caen de viejos troncos abajo, la ermita de
Fátima, que allí sigue, las enchiqueradas escuelas, ahora sin chiquillería y
las casas de los maestros, al presente con sus ventanas tapiadas con rasilla
vista, las puertas de latón oxidadas y los muros pintarrajeados de tachones
sobre letreros de “me-cagüenlá” y “arribaespañas” ya en desuso.
Y la casa de “Bulanito”,
el municipal por excelencia de cuantos actos, procesiones y homenajes pudieran
celebrarse en aquellos años, y que permanece alojado con toda su voluminosa
bonhomía en un rinconcito dentro de la memoria de mi niñez.
Aunque nosotros ya habíamos abandonado la casa del maestro, pared con pared
con la escuela de doña Consuelo, y vivíamos en la casona de Méndez Núñez, 7, lo
cierto es que, ataviadas con nuestros cancanes almidonados a conciencia, dándole
volumen a los airosos vestidos de volantes que nos hacía mi madre, copiados de
revistas parisinas, volvíamos a La Barriada de Fátima cada domingo por la
mañana, dispuestas a resucitar el revoloteo de nuestra más genuina infancia acuchillada
por los traslados, como dicen que regresa el asesino al lugar de su crimen.
Eran los escurridizos dos repechos
de losas de piedra artificial, alisada en igual porcentaje por los discos de la
pulidora que por los traseros de la chiquillería, alzados a uno y otro lado de
lasa escaleras con obra de mampostería, con la misma y pronunciada pendiente,
defendidos en la parte de fuera por humildes barandillas fabricadas con
barritas de hierro, soldadas a un pasamanos también de hierro, que flanqueaban
en cuesta ambos lados de la escalinata, de manera que nos servían a las niñas
de rampa por la que deslizarnos con bullicio de palomas mensajeras, zapatos
arañados en sus contrafuertes posteriores, faldas en revuelo durante el corto
viaje de arriba abajo, y efímera aunque contundente e inevitable revelación de
la puntilla de encaje de nuestras braguitas, razón de ser −como me rebelaría Abelardo pasado el tiempo− de las alertas de ojos masculinos cuando sonaba el “ahí-va” en
la fila de chiquillos, incondicionales mirones aposentados en el murete de
enfrente.
Sospecho que fue el propio Abelardo quien puso en marcha el “negocio”
de cobrar a perra gorda el asiento de mirones, rebajándole el precio los
domingos hasta venderlo a perra chica, y encarecido los días de diario por un
hecho tan simple como es el de que las nenas que se tiraban a diario por los
escurridizos eran las que no iban a la escuela, las de las Cuevas, que carecían tan de todo, que no tenían ni bragas, cosa que
para aquellos nenes en desarrollo vertical y primeras hinchazones inguinales
debió ser un soberbio aprendizaje visual sobre el sexo de los ángeles[1];
pero, por encima de cualquier otra cosa, sobre el sexo de aquellos angélicos de
las Cuevas, que los gurruminos no hubieran aprendido en ningún libro de
escuela. Ni siquiera en aquel de “FLECHAS
Y PELAYOS”, en el que los nenes salían en la portada
tan marciales y bien ataviados como si fueran príncipes de la paz[2].
Fue Abelardo quien, muchos años después, −tantos que ya nadie se iba a molestar en mirarme ni el color de
los tobillos− me reveló que ni un solo domingo había sacado él a la venta el asiento
que quedaba justamente enfrente del escurridizo que había del lado del
imperecedero Bar Banderas, y que era mi preferido.
Y, entre risillas suyas algo
desdentadas y total ausencia por mi parte de rubores ya marchitos, me recordó
que mis braguitas de entonces, vistas desde lejos, tenían en las bocas un
entredós con cintillas azul celeste, a juego con las del pasacintas de la
cintura de mi vestido de volantes con madroños.
En CasaChina. En un 3 de Diciembre de 2021