(Late
women)
De eso que vas bicheando por internet como quien hurga en una
cesta de cerezas, y, tirajoneando de aquí y de allá, aparece
algo que se resume en el subtitular del encabezado de un periódico: “el arte de conseguir las
cosas tarde”, significación entresacada a su vez del avance sobre una serie o
algo así, cuyo eje conceptual se
resume en un ‘late bloomers’, −flor tardía−.
Lo cual que lo susodicho me lleva a desembocar en otro entardamiento de
cosecha propia hasta llenarme de bonanza: “late women”. ¡Mujeres tardías!
Como yo, que he tenido que pasar por todas esas inestables “edades de Lulú”
tan llenas de eventualidades, por toda esa confusión de la petulancia, por
todas las vanidades mal atajadas y los fracasos mal engullidos, para alcanzar lo
que me gusta llamar como mi estado categórico, que no es otra cosa que
la vejez. La plenitud de la vejez.
¡La rotundidez!
¿Existe algo más rotundo que una anciana?
Si ahora fuera desesperadamente joven, me preguntaría: ¿tenían que pasar
tantísimos años para llegar a esto? A lo de ser tan razonada como razonablemente
feliz, digo.
Pero no soy joven. Afortunadamente, ya no lo soy. Anduve mi camino y,
aunque con algún que otro peldaño suelto, unos pocos enflorecidos y alguno más
apolillado en su entraña, he tocado techo.
Iniciar la andadura no tuvo mérito: me echaron al mundo, y ahí te las
apañes. Lo dificultoso llegó cuando me retiraron el andador, que vino a
coincidir con lo de desaparecer lo último que me quedaba con mayor talento, mi
madre, dejándome a mí en primera línea de salida hacia la meta final.
Entretenida como estaba en presentarme a concursos donde me certificaran
que era la primera “metista” (léase conseguidora de metas) no me di cuenta de
que ganarse la vida es mucho más que llegar a la meta demasiado pronto.
Por si no me estoy explicando, pongo un ejemplo: supongamos que en una
carrera de obstáculos pusieran la meta al principio de la carrera y los
obstáculos en un recorrido posterior. ¿Ven? Ya no quedaría estímulo para seguir
corriendo.
Perseguir éxitos antes de estar entrenadas para no morirse de ídem es
como ponerse el maquillaje encima de la crema limpiadora: se corre el riesgo de
que el maquillaje se corra.
Lo mejor es que las cosas lleguen cuando tenerlas pueda convertirse en
gozarlas y perderlas no se convierta en una calamidad. Entonces es cuando se
alcanza el éxito sin riesgo de hacer el ridículo de arruinarlo.
El mío, mi éxito está en haber perseverado y permanecido hasta convertirme
en esta mujer tardía que soy ahora.
En CasaChina. En un 9 de Septiembre de 2023
El éxito de ‘Solo asesinatos en el
edificio’ trae de vuelta la denominación ‘late bloomers’: aquellas
personas que escapan de la cultura de la inmediatez y se anotan una victoria a
su ritmo y en sus propios términos