OPÚSCULO de Trenes – 76/2026
Todo era monótona concordia.
Solo un rumor de fondo y de distancias
de tren en movimiento
abriendo cicatrices metálicas al campo
en la inmensa llanura manchega recién amanecida.
Hasta que los relojes marcaron la hora del espanto,
el destino fatal: las nueve en punto
la hora de llegada a una estación fuera de recorrido.
De nuevo los zozobras fulminantes salieron de sus tumbas.
La vista panorámica de todos los horrores:
tras una clamorosa destemplanza de hierros retorcidos
se silencia el paisaje de repente.
Solo un lúgubre aullido de sirenas
recorre las entrañas del paisaje frutal y cervantino.
El silencio del aire y de las viñas rasgado de dolor en movimiento
despierta en sobresalto.
Y el contraste:
esa triste indolencia del aire siempre en calma,
esa perseverancia indiferente en el vuelo emigrante de los pájaros.
Y una velocidad trabada de repente que gime en agonía
reducida a chatarra en un momento.
Y el silencio de Dios,
como otras veces,
blandiendo sus espadas de fuego sobre el cosmos.
¡Tanto olvido de Dios, tanta locura!
Tal parece que Dios no se había despertado todavía.
Yo hago lo que puedo y lo que sé:
ponerlo por escrito
por si puede servir de algún consuelo.
En CaYAyYÁN. En un 28 de Octubre de 2028

