VA DE...Batiburrillo literario

miércoles, 21 de octubre de 2026

QUÉ GOZO LLEEGAR A VIEJA... VIVA

 (Cuentos chicos para mayores con reparos)

EnmímiSMada − 198/2026

Dicen que, hasta más o menos los siete años, hablamos con ElAmigoImaginario; ese que siempre está dispuesto a escuchar sin mohines ni desaires, y que nunca traiciona. Desde más o menos los setenta años, y hasta que damos de mano en lo de vivir, a falta de con quién hacerlo, echamos mano y hablamos con nuestro bagaje; ese que previamente, y a fuerza de echar el bofe, fuimos amontonando en el cerebro, sin orden ni concierto por falta de tiempo para catalogarlo sin ponerle etiquetas mientras estábamos pillados en el ansia de inquirir con quién hablar.

Hay una edad precaria, aunque temporeramente activa, en la que, entre medrar en lo profesional a brazo partido con nuestros “colegas” y desgajar como Dios nos da a entender nuestra más o menos transitoria MediaNaranja, nos embrollamos, y le ponemos diques a nuestra labia, guardando más silencios de lo que fuera menester, acosados por el afán de que no nos etiqueten. Es la frontera imprecisa, la zona etaria equidistante y tórrida que poco a poco va diluyendo la vida en la muerte.

Él murió en la precariedad propia de sus 42 años. Era el final de los años cincuenta del siglo que me vio nacer. Yo por entonces apenas tenía con quién hablar. A los escasos 13 años, en aquellos años, casi nadie nos echaba cuentas a la chiquillería. Por eso, a falta de cháchara, me acostumbré a escuchar en silencio lo que se decía, a leer cualquier papel escrito y a pensar a solas sobre lo que escuchaba o leía.

De entonces guardo la voz de mi padre tallada en el rincón de los recuerdos en conserva, esos que, como los pepinillos en vinagre, tienen un punto de acidez que nos obliga a ensalivar mientras les potencia a los encurtidos su sabor a inmortalidad.

Una voz la de mi padre que siempre porfiaba como una cansina letanía: “qué−pena−llegar−a−viejo”.

Casi siempre que lo decía, lo hacía en pie. O, mejor dicho: a pie firme con sus cerca de dos metros sobre sus más que rebasados cien kilos, resollando ya dentro del zaguán de nuestra casa mientras cerraba a su espalda la puerta de la calle. Enseguida, de dos zancadas, alcanzaba la sala de estar, y palmeaba sus piernas gruñéndoles en plan machista: “si es que vosotras ya no servís para nada”. Luego, tras rescatarla de la hornacina del fondo, desplegaba su hamaca junto al ventanal, se dejaba caer en la lona como un peso muerto, lanzaba un suspiro de satisfacción, tomaba un libro con un mimo que ya hubiera querido yo para mí, lo abría con un tiento que más parecía una caricia, y se enfrascaba en larguísimas horas de lectura que iban distendiéndole los músculos de la cara hasta igualarla con los rasgos de su propio nombre: Ángel.

A un lado de aquella hamaca, tan sufridora como rústica, dormitaba el musiquero, con su estructura giratoria dispuesta a facilitarle a su amo el acceso a los libros allí apilados sin mayor esfuerzo. Al otro lado, los zapatos de mi padre, semejantes a las botas de las siete leguas del cuento de Calleja, exhalaban a pleno pulmón estragos y fatigas en reposo.

Hoy, casi setenta años después, soy yo quien me despierto estragada y destruida a causa de unos malditos zapatos de tacón, que en mis pies apenas alcanzan ya la mínima velocidad de crucero, y que tuve que aguantar ayer durante todo el día para no desdecir de la utilería y del atalaje propios de ese bodorrio en el que desembarqué a media mañana, con la cara más o menos fresquita como una rosa de floristería, y terminé desbaratada como los pasos de SemanaSanta malagueños al final del recorrido.

Antes de seguir disertando sobre las misericordias y condenaciones de la vejez, tengo que hacer un doble paréntesis aclaratorio en el relato de lo de ayer. PROCLAMO: ni las oscilaciones y bamboleos corpóreos que pudieran percibir en mi andamiaje algunos asistentes al casorio estaban motivados por una pítima coyuntural, sino por los años que hacía que no intentaba mantenerme en equilibrio sobre tacones, ni deben barruntarse que ando escatimando suelas en plan roñoso quienes me vieran, con mis zapatos de tacón en la mano, caminar descalza hasta mi casa, desde la Plaza de Santa María, donde nos descargó Julio, ese cura sin faldones que nos acarreó hasta / desde la boda, y que guarda su coche en el aparcamiento del obispado a la espera de que le den plaza a su cuerpo en un cielo más que merecido en vida por este SantoPaisano mío.

Por fin las aclaraciones anteriores me introducen de lleno en uno de los irrebatibles beneficios de la vejez: a estas alturas de la vida, sin nadie hurgándome con su aliento censor en el cogote ni perrito que me ladre, una servidora puede bambolearse a su antojo, o andar descalza por mitad de la calle, sin necesidad de dar explicaciones a quien ya no tengo, a cerca de presuntas chispas alcohólicas o notorios descalzares públicos. Esa es una de las mayores ventajas: no tener que justificarse, porque ya hay muy poco o nada que perder en el escalaje laboral o social, y nada que temer, provista como estoy de lo único que todos debiéramos alcanzar en estos años: un estalaje propio. Por no tener necesidad para andarme con miramientos, ni siquiera tengo que desasosegarme porque alguna trasnochada desnudez podal me reduzca el ranquin de un ya más que improbable aspirantazgo a mi mano y/o a mi catre.

Cierto que estoy más encamada que nunca; pero fuera de juego.

Aquí, en decúbito supino, −única posición racional para mis años y circunstancias−, de repente, me entra una especie de jolgorio interno, un júbilo enervante de los de tener que ducharme con agua de carabaña para bajarme los humos. Resulta que, como en todo lo fatídico, encuentro un fasto glorioso.

Ahora sé para qué vale el cansancio que trae de matute

la vejez

Voy a ver si doy con la explicación perfecta para semejante aserto.

Gracias a los años cumplidos, y al cansancio acumulado mientras recolectaba lecturas, enseñanzas y años, ya no me quedan alientos para ansiar salir a rebuscar nuevas sabidurías. Por fin −y a la fuerza− tengo tiempo para escribir a pierna suelta sobre lo aprendido y ganas de desempaquetar sobre un papel en blanco todo lo envuelto. Lo que no se me calma es este remusguillo por seguir leyendo, aprendiendo y trabajándome aunque sea en el paro o en vía muerta. Así que voy a ver si, a falta de alientos, y a fuerza de espigar en el batiburrillo de mi cerebro, aprendo de mí misma. Impedimenta y ganas no me faltan.

¡Qué útil, créanme, buenas gentes, qué útil es llegar a vieja!

Las piernas, como las de mi padre, ya no responden; es cierto. Los pies, mientras reniegan de bodas con zapatos de tacón, van por libres. Ni descalzos me dan los pinreles para salir a la calle a correr en plan buhonero, en busca de nuevas truhanerías que contar. Andar, ya, poco. Pero lo de sentarme arriba, en el desván del pensamiento, a revolver en lo guardado a buen recaudo y a tiempo, eso no hay quien me lo quite.

Quién nos lo quite.

Porque yo, aunque descalza y tumbaita, seguiré leyendo, escribiendo y pensando mientras haya alguien dispuesto a escribirme, leerme o recordarme. Aunque sea en plan peripatético, bamboleante y descalza.

 

En YAyYÁN. En un 18 de Octubre de 2026

domingo, 11 de octubre de 2026

MANUEL Y SU HIGUERA

 

PeriodiqueandoPersonas – 71/2026

A Manuel Pérez Perálvarez: que nos cuenta cosas de su abuelo

 

“Nunca podré olvidar”

−dice Manuel−.

Y una segunda infancia revienta a borbotones

en el caudal diario del periódico

tan lleno de palabras amarillas.

Una infancia equívoca y rugosa

que suena igual que aquella voz distante:

la voz indestructible del abuelo.

 

Al fondo del recuerdo está la higuera

desde la que Manuel nos sigue hablando.

 

En YAyYÁN. En un 11 de Octubre de 2026

sábado, 3 de octubre de 2026

NO DESPERDICIAR TIEMPO Y CORDURA

 

 EnmimiSMamientos −  187/2026

Objetar certidumbres ajenas, mantenidas con talante y/o con talento, es fructífero sin correr riesgo de disiparse. Pero frente a convencidos por ignorancia o por jactancia es mejor silenciarse. Conlleva demasiado desgate argüir donde no hay cordura que ganar y sí mucho sosiego que perder.


En YAyYÁN. En un 3 de Octubre de 2026

EXPRESIONARIO DE MÁGINA: Hoy "CELLAJO"

  CELLAJO: 1.   Escarpe* 2.   Algo para usar de azote, de presencia áspera, basta, resistente y rústica. (Posiblemente ramajos de planta...