72/2020
(Croniquilla del Viruso Coronado –
47)
-Cordia XII-
A Juani Jimenez Fuentes: que propuso el tema (más o menos como yo
lo cuento).
A Francisca DEL Jesus: Ella sabe por qué.
−¿A dónde vas, Ulio, emperifollado de semejante manera?
−Al estanco.
−Pero si tú no fumas.
−Ni tú tampoco, y no por eso te
cortas de ir al estanco.
−Yo voy a por mistos, Ulio,
porque la lumbre no se enciende sola. Mira en el defán y verás la caja
nuevecica. Pero tú, ya me dirás a qué vas al estanco.
−Pues digo yo que no es que te
tenga que dar el parte de a donde voy; pero ya que le pones tanto empeño, te
diré que lo del estanco era una evasiva con la que ser considerado contigo y no
responderte que uno tiene derecho a salir de la casa sin necesidad de dejar
dicho ni el itinerario ni la intención.
−Derecho, todo el del mundo lo
tiene. ¡Dios me libre! Aunque, estando como estamos en pleno aislamiento,
corriendo los peligros que se corren por esos andurriales, y con lo aprensivo que
eres tú con lo de las enfermedades, entenderás que me pique a mí la curiosidad
de a dónde vas a estas horas de la mañana tan recompuesto y con tantas prisas
−Pues a las mismas horas que
sales tú. ¿O no?
−Pero yo voy a la Plaza a hacer
la compra.
−Y yo voy a la carretera.
−¿A la carretera?
−Eso es lo que he dicho. ¿Estás
sorda?
−No, no estoy sorda, Ulio. Y no
me respondas así, que hoy no tengo yo el cuerpo para reyertas. ¿Quieres saber
cómo estoy yo hoy? Pues lo que estoy es muy triste.
−¿Pero qué bicho te ha picado, Cordia?
¿Tanto te incomoda que salga una miaja a darme un garbeo?
−No,Ulio, no; es que yo no sé
cómo decírtelo. No sé yo si no te vas a agobiar más de la cuenta.
−Mira, Cordia, mejor será que te
dejes tú de abatimientos; no sea que vaya a entrarte a ti una aprensión. Tú
piensa en la buena pinta que tienes, en la salud que tenemos los dos, ¿O no?
−…Bueno; las cosas pasan como
pasan, y estaría de Dios que sucediera así. Porque, cuidado con él mismo…, lo
que se dice, cuidado, no podía él tener más. Ni más razones para seguir vivo. Pero…
−¡Cordia! ¿Quieres dejarte de
rodeos y decirme lo que me tengas que decir? Me estás poniendo muy mal cuerpo.
−Ay, si, perdona. Pero es que me
he quedado tan trastornada cuando le he escuchado a la hija de la Toña vocearlo
de corral a corral... ¿Tú no has escuchado nada? Lo que sí que habrás escuchado
es el toque de difuntos de la campana parroquial.
−Ahora que lo dices…
−Y nosotros aquí encerrados, sin
que los allegados podamos acercarnos a darle consuelo. Claro que, en este caso,
ya me pregunto yo quién iba a ser el guapo que se atreviera a darle consuelo a
quien de verdad tiene que estar más desconsolada que la Dolorosa y. Y… ¡Ulio!
¿Te has quedado traspuesto o te ha dado un aire?
−Pasmao es lo que estoy de tu
facilidad de palabra para explicarte si decir nada, y de mi molondronería para
seguirte el hilo sin caerme tieso. Así que, Cordia, explícate de una vez; ¡POR
TUS MUERTOS!
−Pues eso: por mis muertos; que
no me sale la voz del cuerpo para informarte de que parece que se ha muerto mi
compadre, el Lico.
−¡Qué me estás contando! ¿Qué se
ha muerto Manolico? Pero si era de dos o tres quintas de después de la mía. Y
sin un achaque.
−Por eso estaba yo dando rodeos
a ver cómo te daba la nueva sin que tú te alteraras. Pero no temas, que a ti se
te ve como un pimpollo.
−Ay, Cordia ¿Y se sabe de qué?
−¡Pues de qué va a ser!
Ahogadico por el bicho en dos horas.
−Será que el bicho ataca más a
los que no tienen con quien departir...
−Departir en el día a día, no
tenía con quién, como bien dices. Pero ojear y derretirse por la Silda…
−Callate, nena, no vayan a
escucharte, y acabemos nosotros en los papeles por compadecernos de una proscrita
tan mal vista.
−Sí; como si nadie supiera que
ellos se querían desde chicos, y que la querencia les ha durado toda la vida.
−Lo que son las cosas, Cordia. Si
no le levantan a ella el falso testimonio que todos sabemos, casadicos que
estaría ahora, y junticos en su casa como estamos tú y yo.
−¿Te recuerdas, Ulio? Quitados
nosotros dos, −y que Dios me perdone la arrogancia− no había pareja en el
pueblo que diera más gloria mirarla. Pero, desde que dijeron que se había
encontrado una criatura en el muladar, sin que nadie viera con sus ojos el
hallazgo, y que habían sospechado de Casilda como merodeadora por el lugar la
noche de antes, sin que se supiera quién la había visto, se trastornó todo.
−Lo malo es que nadie pudo
evitar que se llevaran a la Casilda a la penitenciaría; y cuando le dieron
suelta por falta de pruebas, había pasado más de un año. No sé si te
recordarás, Cordia, de que, por entonces, una noche comprometieron al pobre
Lico metiéndolo en la cama de la jimenaca tras achisparlo, y no le quedó otra
que casarse con ella antes de que su hermano viniera a caparlo.
−Se necesita tener mala sangre
para malograr un casamiento de tan mala manera. Para mí tuve siempre que la
maledicencia provino en un principio de la propia madre de Lico, que era una
mala persona y quería para su hijo un mejor casamiento. Y luego se le fue de
las manos la cosa.
−Lo mismo pienso yo, Cordia. Y de
remate, mira con quién acabó, y cómo. Aunque, en lo de Manolico y Casilda,
nadie pueda decir que hayan dado de que hablar ni una sola vez.
−Pero ellos no se han ocultado
en la distancia, y ahí han seguido, tentándose con los ojos con más cariño que
si fueran uña y carne, ya que con las manos no podían; mirándose en carne viva,
y arrancándose la pena como si los desollaran vivos cada vez que sus miradas convergían.
Y, Ulio, acostumbrada como he estado yo siempre a mirar sin dejarme ver, eso lo
han visto estos ojos que ha de comerse la tierra cada vez que iba a hacer la
plaza. Lo que yo te diga que no hubo día en el que Lico no estuviera medio furtivo
detrás del álamo gordo de la Rambla, como si árbol y amante hubieran crecido y encanecido
a la par, y como si el Lico viviera solamente para ojear a la Casilda, sin que
ella levantara cabeza.
−Lo que son los pueblos para
esas cosas, Cordia. Lo que son los pueblos... Más de un caso conocemos tú y yo de
mujeres de las que hasta su propia familia ha renegado, por la simple razón de
ser mujeres y por haberse dejado llevar por lo que todos nos dejamos llevar.
−O por no poder evitar que las
atropellaran.
−Tendréis que aprender a disculparnos,
Cordia. Unos calzonazos es lo que somos muchos cuando nos juntamos en el bar.
−Y luego dicen que qué alegría es
lo de vivir en un pueblo. Pues ya ves; para unas cosas tanta caridad, y para
otras tantísima depravación. Pero ¿de verdad que te vas a la calle con el mal
día que se ha levantado?
−Si, Cordia. Hoy no puedo
perdérmelo.
−Por lo menos, acercate a
consolar a la Silda.
−¿Yo? No, Cordia, no. Soy yo
quien va en busca de consuelo.
−¿Pero qué es lo que te consuela
a ti en la calle que aquí no tengas?
−Los nenes, Cordia, los nenes.
Que hoy les ha dado suelta y eso no quiero perdérmelo yo. Que añoro un poco de diabluras
de cerca.
-¡Ah…!
−Ea, Cordia, entiéndeme; No te
me demuelas con lo dicho; que las cosas no van por donde tú te piensas.
−¿Por dónde yo pienso? Mira, no
me irrites. ¿Y por dónde pueden ir, si no? Estarás conmigo en que si, desde un
principio, hubiéramos hecho las pruebas como yo te pedí tantas veces, sabríamos
con certeza quién de los dos es el causante de que no llegaran chiquillos a esta
casa. Pero ¡no señor! Tú, cabezón, que aquí nadie se hace las pruebas, y así
ninguno tendrá que mirar al otro de medio lado. ¿Por qué, Ulio, Por qué?
−¿Que por qué? Pues porque hay momentos en la vida, Cordia,
en que lo único que hace el conocimiento es enturbiar lo más impecable del cariño.
Dime, Cordia, dime: ¿cómo nos
hubiéramos mirado entre nosotros durante todos estos años si hubiéramos sabido
en qué linde estaba el yerro? Eso, suponiendo que nos hubiéramos seguido
mirando.
−Bueno está. No volvamos a lo de
siempre. Así que, Ulio, te vas a mirar a los nenes y yo no tengo más que
oponer.
−Eso es.
−Ya me gustaría a mí que
fuéramos juntos a mirarlos. Pero no se nos permite. Y no es cosa de vestirte a
ti de marinero para disimular que soy yo quien te saco de paseo; como que no va
a colar ¿verdad?
−O a ti de primera comunión. Jajaja.
−Por lo menos, hombre mío, que
no nos falte el buen humor con el que casi siempre nos hemos tomado lo de la
ausencia de nenes. Pero hazme un favor: alargate hasta la Plaza de Abastos,
arrimate al Álamo Gordo donde se ponía el Lillo para acariciar a su Silda con
los ojos, y échale un cariño a ella; que de seguro que anda por allí como alma
en pena.
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